KV Anboto: vertical, vertical...

Sorprendente, lo sé. Meses sin subir nada y, de pronto, ¡dos seguidas! Y es que me debo a mis lectores 😉

Creo que en esta ocasión, el título deja pocas incógnitas, este sábado, nos hemos acercado a Arrazola para ascender al Anboto por la normal de la cara norte, el conocido KV del Anboto.

Nos juntamos 4 paisanos, todos con intención de subir pero solo tres inscritos, la cuarta va por libre y se dedicará a animarnos por el camino.

Algunos ya lo sabréis, pero la salida de un KV suele ser peculiar. En este caso, sale una persona cada 20 segundos, empezando a las 10:00 y terminando a eso de las 11:10 de la mañana. Normalmente, los más profesionales suelen ir al final y los becarios y principiantes, al principio, pero en esta carrera parece que la secuencia es más aleatoria, teniendo en cuenta el número de dorsal, que se suele fijar por orden de inscripción.

Al menos eso es lo que me decía a mi mismo, ya que me ha tocado salir el cuarto, a las 10:01. El segundo paisano sobre las 10:10 y el tercero sobre las 10:20. No recuerdo los minutos exactos, solo espero, y confío, en que no me adelanten 😂

Tras un buen rato de espera, algo de calentamiento y muchos nervios por ser el primer KV en el que participaba - no el primero que realizaba ya que me dedico a alimentar de forma activa los diferentes KVs que voy encontrando por aquí y por allá en esta página -, salgo a ritmo lento pero constante, trotando en las primeras cuestas, algo para nada espectacular.

Según la todopoderosa IA, que parece que todo lo sabe, debo mantenerme en la primera parte de la carrera, hasta el corte, en la zona 4 de pulsaciones. Tras el corte, en el kilómetro 2,2, acelerar ligeramente hasta situarme en la zona 5 baja hasta la meta. Y no se mucho sobre este tipo de esfuerzos, lo que si se es escuchar a mi cuerpo. De caja (patata + pulmones) - lo que algún conocido llamaría hauspoa - voy bien, casi sobrado. Pero de piernas... pues no tanto. Y es que la ausencia de sesiones de entrenamiento por algún lado tienen que salir...

Así, contengo las ansias por seguir a otros participantes en el primer tramo, y me centro en la zona 4. Si una cuesta se empina de más, no dudo en dejar el trote y caminar vigoroso, con el objetivo de ir tanteando poco a poco al cuerpo.

Una vez superado el avituallamiento la cosa cambia. La pendiente acusa y toca apretar ligeramente para, de forma controlada, terminar dándolo todo. Poco trote en esta parte del recorrido, básicamente me dedico a caminar rápido y con determinación, y poco a poco van cayendo los metros. Hay gente que me adelanta, también hay gente a la que adelanto, incluso, hay gente que ya me ha adelantado y que pasa a quedar rezagada. Esto último me indica que llevo una buena estrategia.

Voy sumando pasos y restando metros envuelto en una densa niebla que, por suerte o por desgracia, no me permite ver la pendiente, ni lo realizado, ni lo que queda por realizar.

Iosu sudoroso, bien animado por Naia.

En ocasiones, sobre todo a la hora de adelantar a otros participantes, aprieto más de lo debido, pero el lactato pronto me avisa que, como la IA había vaticinado, estaba rascando el límite de mi capacidad aeróbica. Lo sorprendente es que sonrío y comento la jugada con animadores y participantes varios. Los pulmones van de sobra pero, los músculos, hacen todo lo que pueden, aunque aguantan.

De pronto, alcanzo la recta final. El sendero se asoma al vértice, el viento acaricia, y ya se huele la cima. A pesar de ello, no es hasta los últimos 50 metros aproximados que me animo a apretar para dar todo lo que me queda. Ya no consiste en rascar segundos, sería inútil, sino en sentir los límites del cuerpo y también del alma. De los pensamientos, de la alegria, de las ganas y la satisfacción, pero también de esos cuadriceps a los que les quedan ya pocos escalones de fuerza, o de esos gemelos que, duros como piedras, me dan todo lo que está en sus manos.

Adelante, con paso firme.

Sin embargo, la llegada es algo insulsa. Apenas hay gente animando, la organización se preocupa de fichar tu dorsal e indicarte dónde encontrar agua, y tú te sientas en una piedra para recuperar la compostura, sin pena, pero también sin gloria. No es hasta que se levanta la niebla, y la cima se descubre, que recuerdo porque subo al monte, porque corono cimas y qué me ha llevado a apuntarme a esta carrera.

Desde la cúspide, la panorámica, y la satisfacción, es espectacular. Al norte, el KV, repleto de puntitos de colores, algunos apresurados y otros no tanto. Al sureste, el tramos final - bien vertical también - de la pedregosa subida desde el collado de  Zabalandi. Alrededor, caliza, montes y más montes. Siempre precioso es el entorno de Urkiola.

Alejandro en los últimos metros.

Tras un merecido descanso y aprovechando que parece que se va a nublar de nuevo, comienzo el descenso por el mismo sendero de ascenso, para encontrarme con nuestra animadora personal y con el resto del equipo. Nos encontramos a escasos 50 metros de la cima, en un punto soleado, pero no ventoso y decidimos esperar allí al resto. Tras algunos minutos pasa Iosu, de piernas fuertes pero parece que no tanto de caja, y por último Alejandro, que parece que ha sufrido algún calambre que lo ha dejado rezagado. Éste como yo, bien de pecho pero las piernas... requieren de entrenamiento específico.

Tras el reagrupamiento, comenzamos la eterna bajada de vuelta al pueblo. El sendero, embarrado y resbaladizo no nos lo pone nada fácil y, al final, tardamos más en bajar que en subir. Llegamos justo para la entrega de premios y tras algunos aplausos, vamos directos al avituallamiento final en el frontón de Arrazola. Pollo al horno en su salsa y tortilla de patata: un manjar digno de los dioses del Olimpo.

Tras rebañar los platos damos por concluida la jornada. A Alejandro y a mí nos esperan en casa, y tampoco es cuestión de hacerse demasiado de rogar.

Sin más dilación, el enlace al track.

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